Creatividad, videojuegos y preservación del pasado digital

Miedo a la irrelevancia creativa

Todas nuestras acciones tienen una motivación, aunque a veces hay que hurgar un poco en el subconsciente para darles sentido. A estas alturas ya se ha escrito largo y tendido sobre la necesidad de subrayar y difundir públicamente todos nuestros actos por mundanos que sean, así que dar vueltas sobre el problema de la sobreexposición digital de nuestra vida privada a través de Internet huele ya un poco a naftalina. Lo que no está tan digerido, principalmente por las connotaciones trascendentales que conlleva su entendimiento, es que esas stories dándolo todo en festivales de música, esos tuits con ágiles retruécanos a partir del meme de moda y esos monumentales artículos didácticos en blogs personales (ejem) tienen una raíz común: la necesidad de sentirse siempre presentes en un mundo cambiante donde la insatisfacción por los sinsabores de la vida no deja mucho margen para cultivar nuestro yo interior a fuego lento sin necesidad de demostrar nada, que es como las cosas salen bien.

¿Pero a qué nos referimos con ser creativamente relevantes? El otro día se paseó por las redes un polémico informe sobre la venta de libros en España realizado a partir de los datos recabados por la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros a través de su plataforma de análisis. Los titulares que más han trascendido son que se publican casi 15.000 novedades al año y que el 86% de los títulos disponibles no venden más de 50 ejemplares. El propio informe culpa de esta situación ‘insostenible’ al hecho de que que todo cristo parece querer escribir un libro hoy día porque el árbol ya lo plantaron de críos en al granja-escuela y el hijo está encerrado en su cuarto jugando al Fall Guys. Y aparte está el problema del papel y el incremento de costes. Total, un cuadro.

Hector García Barnés se hizo eco del asunto en esta columna de El Confidencial, y como suele ocurrir en sus celebérrimos análisis socioculturales, acertó al defender esta situación de overbooking editorial, ya que todo el mundo tiene derecho a poder contarle sus movidas al mundo. Estoy seguro de que, tal y como le sucede al que suscribe, muchas de esas ansias por plasmar en alguna parte vivencias, investigaciones y fantasías personales no son fruto de intentar sacar tajada, sino que se trata de una necesidad latente en todo individuo que ahora resulta mucho más fácil de saciar gracias a los sistemas de distribución digital; modelo de publicación que, por cierto, no se contempla en el mencionado informe, por lo que las cifras pueden diferir bastante de una realidad editorial en la que tienen cabida pastiches distribuidos en Wattpad, fanfics y novelillas eróticas protagonizadas por animales antropomórficos.

No es la única industria que, supuestamente, está haciendo tope ante un desbocado torrente creativo aún más impulsado por culpa de haber pasado muchas horas en casa durante la pandemia. Si hablamos de videojuegos, actualmente se publican casi 30.000 novedades al año en Steam y unas 12.000 en itchio, más del doble que hace un lustro. Casi un centenar de juegos para PC al día en tan solo un par de tiendas es una burrada que aún así palidece cuando lo comparamos con lo que sucede en la industria móvil, pues solo en Google Play hay más de 80.000 aplicaciones nuevas cada mes.

Producir desde la creatividad es, contra todo pronóstico dados los derroteros por los que se está moviendo el ocio contemporáneo, una práctica cada vez más extendida. La generación Z podría tener una mayor propensión hacia la sensibilidad artística que los que vinimos antes. La soledad agudiza el ingenio, y la gente que se ha visto azotada por pandemias, familias monoparentales, reducción en los círculos de amigos y socialización fundamentada en las relaciones online viven en el caldo de cultivo ideal para necesitar gritarle al mundo «¡Eh, que estoy aquí!«

Ya sea replicar una elaborada coreografía en TikTok o publicar un ensayo de 800 páginas con disertaciones sobre orfebrería románica, el objeto de fondo es el mismo: dejar una pátina en el mundo por fugaz o imperecedera que sea. Sentir que nuestros actos o experiencias no se pierden en la inmensidad de un mundo cambiante en el que, por desgracia, cada vez son más las personas que andan como pollos sin cabeza ante la creciente dificultad de conseguir un equilibrio vital que nos permita ser felices, sea lo que sea eso. Y ya si de paso gracias a ello nos sentimos algo menos solos en este mundo que cada vez nos aísla más del resto de la sociedad, pues algo que te llevas. Todo el mundo necesita poder expresarse para ser feliz. Que te lean, que te vean, que te oigan.

El problema que puede surgir al tener esta dependencia es, precisamente, que nos impida vivir en armonía. En mi caso, dar rienda suelta al impulso creativo me resulta literalmente sanador como ya les conté en su momento, un hábito totalmente ajeno al alcance o interés que puedan suscitar mis perversiones lúdicas. No voy a negar que buena parte de esas iniciativas han sido positivas y constructivas tanto para mi vida laboral como personal, pero en ningún momento ha sido ese el objetivo, y precisamente ahí podría estar la clave del asunto. Aunque me ha costado unos cuantos años interiorizarlo, tampoco había que ser muy sagaz para comprender que la mejor forma de sentirnos vivos, relevantes y útiles es haciendo caso omiso a las expectativas, siendo el propio afán de superación el principal fruto de nuestra satisfacción personal. Lo demás, con un poquito de suerte, acaba llegando solo.

Al final, como me pasa con otras tantas cosas en la vida, aprendí la lección gracias a mi hijo. Con un poquito de guía durante sus primeros años de existencia hemos logrado que se interesase por el dibujo, la lectura y la escritura de forma autónoma. La mayoría de su producción creativa gira en torno a las aventuras del Doctor Go, un trasunto de Doctor Who que viaja por el universo «Equiscruz» (el cual suele simbolizar con un asterisco a modo de cruz y equis superpuestas, ¡toma ya!) enfrentándose a terribles amenazas galácticas como los malvados yakamaku o los sanguinarios parralaquius. Le hemos ayudado a filmar capítulos que cuentan sus aventuras, ha realizado decenas de ilustraciones describiendo razas, localizaciones y eventos reseñables en la cronología de su titánica obra, guarda bajo su cama el disfraz para encarnar al protagonista y, en definitiva, tenemos en casa a una suerte de J. R. R. Tolkien en miniatura que supura inventiva descontroladamente.

Toda esta producción tiene un problema, o al menos eso creía yo, pues no suelo entender sus dibujos, textos o vídeos sin una explicación previa por su parte. Las historias son inconexas y casi en ningún momento hay introducción o desenlace. Todo es un abigarrado nudo que solo él comprende, y a lo mejor el bobo soy yo al intentar hacerle entender que las creaciones artísticas deben ser mínimamente inteligibles para que los posibles consumidores de la obra puedan disfrutarla, o al menos interpretar el sentido que pudiera tener. El otro día condensó su punto de vista al respecto en una frase lapidaria: «Lo hago porque me gusta y no le tengo que dar explicaciones a nadie«.

No le interesa que haya alguien al otro lado, aunque su familia se queda prendada cuando les mandamos por WhatsApp sus creaciones. Tan solo va acumulando garabatos en un cajón que no vuelve a revisar jamás porque en su cabeza todo tiene sentido. No necesita demostrarle al mundo que está, que existe y que es. El mero hecho de dar rienda suelta a su imaginación ya le resulta tan edificante que cualquier otra aspiración está de más. Pero eso le llena y le hace mucho más relevante que el enésimo Premio Planeta, ya que hacer cosas sin necesidad de aprobación es una de las mejores lecciones de vida que se pueden aprender en la infancia.

Por mucho que Aristóteles dijera que el hombre es un ser social por naturaleza, no hay nada más liberador que sobreponerse a ciertos aspectos del proceso de sociabilización. Con el tiempo acabas dándote cuenta de que la gente que aprende a vivir sin necesitar aprobación o exposición mediática de sus actos es mucho más singular y atractiva que el streamer más pintón de Twitch. La relevancia creativa no se mide en views, likes y páginas vistas, sino en nuestra propia capacidad para compartir pasiones con el mundo sin nada que interfiera en una práctica tan saludable para el alma. Cualquier otra preocupación está de más.

4 comentarios

  1. Juan

    Que la relevancia creativa se mide en la capacidad que tiene uno haciendo sus cosash por amor el arte es una verdad como un templo (y lo mucho que se entretiene uno -y aprende, ojo- leyéndote!).
    Un placer leerte siempre hamijo!
    Ayudas a despresurizar un poco la cabeza en este mundo tan inmediato y cambiante.
    Y a cuidar bien a ese autor en ciernes!

    • Raul Rosso

      ¡Ay, gracias! Aún así, ya te digo que llegar a estas conclusiones es un viaje interior de mucho cuidao. A ver si el pequeño creativo mantiene esta perseverancia cuando llegue a edades complicadillas 🙂

  2. Fernando M.

    Me ha encantado el artículo. Lo que transmites es extrapolable a lo que ocurre en Instagram, por ejemplo. Hay quién empieza publicando fotos de su hobby como un complemento creativo del mismo, y acaba sumido en una competición eterna por las métricas, pasando Instagram a ser el hobby, y el hobby la herramienta.

    • Raul Rosso

      ¡Gracias! Absolutamente, la idea se puede llevar a casi cualquier ámbito de nuestra vida en el que transformemos un pasión en actividad demasiado exigente. Cuando el ocio tiene más requerimientos y aspiraciones de la cuenta, se convierte en trabajo, o al menos, en algo que no es divertido.

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